La doble discriminación de las personas refugiadas LGBTI

Un artículo de Marta Saiz para Público.es

Con las fronteras griegas cerradas, la población solicitante de asilo y refugiada se concentra en el país heleno. El colectivo LGBTI, además de sufrir las consecuencias de huir de su país, se enfrenta a una doble discriminación por su condición sexual y/o de género.

Hassan y su pareja Atheer, junto a Lulu y Rudi, en la habitación compartida donde viven en Atenas – Marta Saiz

Hassan pasea junto a sus mascotas Lulu y Rudi por las transitadas calles de Atenas, las mismas que el pasado 7 de julio vivieron la victoria del líder conservador, Kyriakos Mitsotakis, del partido Nueva Democracia. El joven no pasa desapercibido, pues su forma de vestir, hablar y actuar, parecen no ser del agrado del resto de viandantes. “¿Me están mirando a mí porque soy gay o porque soy refugiado?”, se pregunta Hassan, aunque hace ya un tiempo que intenta no pensar en ello.

Hace cinco años Hassan escapó de Siria en busca de su libertad, para definirse y encontrar sus derechos. “Mi familia pensó que huía por la guerra. En parte, era cierto, pero no fue la razón principal”. Según la Asociación Internacional de Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans e Intersex (ILGA), federación mundial que lucha por la igualdad de los derechos humanos para las personas LGBTI desde 1978, en el año 2019, todavía existen 70 países que criminalizan o penalizan a las personas por su orientación sexual o de género. De hecho, los “castigos” van desde un año de prisión, hasta 10 años, cadena perpetua y la pena de muerte efectiva en, al menos, seis países.

El sirio se fue a Turquía con la esperanza de poder trabajar allí, pero encontró que, a pesar de que la ley no sancione el hecho de ser homosexual, sí que observó cómo las personas homosexuales turcas eran perseguidas por el Gobierno. “¡Imagínate si además eres refugiado!” Así que emprendió su viaje en un bote hacia la isla griega de Geos. “Puse todas mis energías en que iba a llegar. Quería vivir una vida fuera de la violencia, del maltrato y de todo lo peligroso”.

Y llegó. Pero una vez en el campo de Geos no se sintió seguro: “miradas extrañas, agresiones verbales y amenazas”, afirma Hassan que al contar su caso, fue trasladado a un hotel a las afueras, donde se alojaban más personas refugiadas del colectivo LGBTI. Allí estuvo cinco meses, hasta que fue transferido a Atenas, a uno de los apartamentos que la organización griega Solidarity Now pone a disposición de las personas de la comunidad LGBTI, a través del Proyecto Safe Refugee que en sus dos años y medio de duración ya tiene 16 pisos repartidos entre Antenas y Salónica, la segunda ciudad más grande del país. “Son personas que viven diariamente discriminación, amenazas y violencia física y verbal; por ello, necesitan poder expresarse libremente junto a personas que viven esta misma doble discriminación”, destaca Margarita Kontomichali, coordinadora del proyecto.

Pero no solo el tema de la vivienda es imprescindible, sino también el apoyo psicosocial, sanitario, formativo y de entendimiento de su situación legal. “Vimos que había una brecha muy importante en el sistema y que faltaba una conexión entre los trabajadores humanitarios y la comunidad LGBTI”, matiza Kontomichali. Y así es como nació el proyecto Bridging Rainbow, de la mano de la organización española Fundació Acsar, de manera que el colectivo LGBTI, no solo tenga los conocimientos necesarios para entender su situación como solicitantes de asilo, sino fortalecer la colaboración entre todas las partes interesadas que apoyan a la comunidad y así “actuar como aceleradores del cambio social”.

La vida en Europa

Pero los problemas de Hassan no acabaron al poner un pie en Europa. Fue atacado en dos ocasiones, una de ellas acabó en el hospital. Y estas agresiones vienen por parte de personas de todas las nacionalidades, las europeas no están exentas. “A veces me encerraba en la habitación durante tres días, no quería salir, pero luego pensaba: ¿qué esperanza tengo en estas cuatro paredes?”

El joven comparte habitación con su pareja, el iraquí Atheer, quien también tuvo que abandonar su país debido a la persecución que sufría por ser homosexual. En los apenas 20 metros cuadrados, donde también corretean Lulu y Rudi, habla sobre la desesperanza que siente al mirar por el balcón, rodeado de edificios viejos y casi derruidos, a la espera de sus papeles. Los recortes de pósteres y fotografías hacen más acogedor el cuarto, cuyo sofá hace las veces de cama. En Siria, vivía en Latakia, una ciudad costera frente a Chipre. “Añoro ver el mar todos los días, pero quiero quedarme en Atenas, en esta ciudad encuentro cercanía a mi país, culturalmente es una mezcla entre Oriente y Occidente. Además, aquí he formado mi pequeña familia, con Lulu y Rudi, quienes han traído la alegría y el amor de nuevo a mi vida”.

Hassan no puede volver a casa, huyó por la guerra y porque su familia no entendía su condición sexual. Suspendió los exámenes de acceso a la facultad por la presión familiar cuando descubrieron que era gay, pero consiguió entrar a la universidad y estudiar dos años de administración y dirección de empresas, aunque de nuevo la presión, esta vez por la guerra y lo que representaba el Estado Islámico para el colectivo LGBTI, lo obligó a abandonar su país. Ahora, a sus 24 años, lo que realmente quiere hacer en la vida es bailar y participar en espectáculos de entretenimiento. “Me encanta actuar vestido de mujer, me siento libre y completamente feliz por poder expresar quien soy, le guste a quien le guste”.

No somos números, tenemos historias y hemos pasado por muchas cosas.

Elliot tienen 33 años. Está sentado en la Plaza Victoria de Atenas, un lugar muy concurrido por la población refugiada y solicitante de asilo, pero también por los pocos turistas que salen del centro histórico para alojarse en los alrededores del barrio de Omonia, que ofrece una postal lejos de la magnitud de la gran Acrópolis: hombres y mujeres pinchándose heroína, prostitución y decenas de personas viviendo en la calle, todo a plena luz del día, sin escondites. En una ciudad que sobrepasa su población a su capacidad de alojamiento. En un país con las fronteras cerradas y que también vive su propia crisis económica.

El sirio, cuyo nombre ficticio lo adoptó de un voluntario español, emprendió su recorrido hace tres años, cuando decidió que había tres razones por las que debía huir: la familia, la guerra y la comunidad. “Mi familia es muy religiosa y no aceptaba que fuera homosexual”. Cuando comenzó la guerra, Elliot cuenta que las autoridades interceptaron los teléfonos de la población y que contactaron con él porque vieron fotos en las que se veía claramente su condición sexual. “Me amenazaron con que si no me divertía sexualmente con ellos, perseguirían a mi familia. A la segunda vez, decidí que era la definitiva”. Además, una bomba derribó la empresa para la que trabajaba como ingeniero electrónico, así que las opciones para quedarse en Damasco se redujeron cada vez más.

Elliot siente que todavía es juzgado hasta por su corte de pelo. Para la foto, prefiere no ser retratado de cara – Marta Saiz

Elliot comenzó su viaje en Líbano, donde trabajó durante unos meses, hasta que su familia lo encontró y entonces tuvo que huir hacia Turquía. Una vez allí, llegó a Esmirna (İzmir) y se embarcó con 14 adultos y 20 niños, en un bote cuyo precio ondeó los 600 dólares. Llegó a las islas griegas e intentó cruzar hacia Macedonia –ahora, Macedonia del Norte-, pero las fronteras estaban cerradas. Tras cinco días en un campo donde “había miles de personas”, comenzó su proceso para ser reubicado en un país europeo. Tres meses después, en Salónica, le dijeron que su solicitud había sido aceptada en Rumanía, pero él la rechazó, puesto que suponía ir a un país donde no se respeta plenamente al colectivo LGBTI, además de ser uno de los pocos países de la Unión Europea que todavía no reconoce los enlaces civiles entre personas del mismo sexo.

Finalmente, Elliot tuvo que pedir la residencia en Grecia, ya que al rechazar la solicitud a Rumanía, no le quedaba otra opción. “Yo solo quiero sentirme libre, vivir de manera sencilla, nada más”. Tras un año de espera, consiguió los papeles como residente, aunque todavía le falta uno sobre su estado de salud para poder entrar al mundo laboral. “Sobrevivo con 150 euros que me dan al mes. Necesito un trabajo, pero no puedo optar todavía a ello, así que comparto gastos con mi pareja. Pero no quiero vivir de él. Ni quiero acabar trabajando en el mercado negro”. El joven dice que ante la situación de precariedad que viven las personas refugiadas, muchas de ellas, especialmente del colectivo LGBTI acaban trabajando en la prostitución. “No quiero abrir esa puerta, aunque es verdad que no soy lo suficientemente sexy como para atraer a muchos clientes”, ríe irónicamente “¡Qué le vamos a hacer!”

Al igual que Hassan, Elliot también ha vivido situaciones de discriminación y agresiones en la calle. “A veces siento que me vuelvo a enfrentar a lo mismo de lo que hui”. Pero sabe que no puede volver, ya no solo por la estigmatización y la persecución que sufriría por su condición sexual, sino porque la guerra todavía no ha terminado. “Los medios hablan de que Damasco es una ciudad segura, pero no es así. Alrededor de la ciudad siguen enfrentándose las facciones, pero quienes sufren las consecuencias es la población que vive en el centro, donde llegan las bombas perdidas. A mi madre se le incrustó una pequeña pieza de una bomba en su cuerpo, al estar envenenada, murió en unas horas. Y a mi hermana pequeña le ocurrió algo parecido, le rozó un fragmento de una bomba, se le hinchó el brazo y falleció a los pocos días”.

Cuando preguntan a Elliot porque decidió venir a Europa, su respuesta es muy clara: “Solo quiero tener una vida básica, muy simple, no quiero ser rico. Puedo comer patatas y pan. Puedo vivir bajo un árbol, no tengo problema. Pero me quiero sentir seguro haga lo que haga, que nadie me cuestione ni me agreda por quien soy”.

Y estos testimonios son solo una pequeña parte de la compleja problemática que viven las personas refugiadas LGBTI, porque no solo proceden de Siria, sino de otros países como Camerún, Afganistán, Pakistán, Ghana, Túnez o Irak. Ni solo son hombres homosexuales, aunque Kontomichali afirma que de la cifra registrada un 95% sí lo son y que las mujeres, ya sea por miedo o por mayor invisibilización, no expresan su condición. Además, dentro del colectivo, quienes más sufren las consecuencias de esta doble discriminación son las transexuales. Por lo tanto, además de tener que huir de países en guerra o donde son perseguidas por su condición sexual y de género, se enfrentan a esa doble criminalización, a esa doble situación en la que como dice Hassan: “es completamente normal levantarse un día y no sonreír”.