Vuelta al cole sin bullying. El testimonio de Mario

imagen-testimonio-3¡Hola!

Me llamo Mario, soy un hombre bisexual de 24 años, y éste es mi testimonio; ésta es mi historia. 

Supongo que la inmensa mayoría de la gente que se identifica como LGTB+ puede contar una historia similar a la mía y a pesar de que las cosas están cambiando poco a poco, aún queda mucho por hacer.

De entrada tengo que admitir que en ningún momento de mi infancia o adolescencia fui una persona popular, ni sociable. A eso hay que añadirle que fuese el típico niño gordito, sabelotodo, hijo de un profesor y, además, bastante afeminado. Imagino que fue un cúmulo de factores lo que hizo que pasase de ser impopular a muy conocido por el acoso que recibí en el colegio. Definitivamente, “perder pluma” fue un factor clave para que dejaran de acosarme.

Durante mis primeros años en el colegio (donde estuve desde los 3 hasta los 16 años), mi situación entre mis compañeras y compañeros de clase no era buena pero era estable. Algunas veces podía recibir insultos o ser increpado, pero la cosa nunca había pasado de ahí. Todo empezó a empeorar cerca de cumplir los 14 años.

Cabe destacar que, hasta este punto, puede que por intentar encajar con el resto, o simplemente por miedo a las represalias que una orientación no normativa pudiese conllevar, siempre me había identificado como chico heterosexual. Para mí, en aquel entorno, era evidente que si me sentía atraído por chicas tenía que significar forzosamente que era hetero. Con el paso de los años he entendido que en ese momento sólo estaba reconociendo una parte de mí.testimonio-3-1

Al empezar 3º de la ESO, la cosa fue a peor. Se formó un grupillo de gente en mi clase que empezó a tomarla conmigo y a pasar de la agresión verbal a agresiones que fueron desde gritarme e intimidarme en el aula hasta tirarme piedras en el camino del colegio a casa, pasando por zarandearme, manosearme (siempre para hacerme burla) o lanzarme objetos varios, con cuidado de no dejarme marcas, claro. De ese momento aún tengo una pequeña señal, una cicatriz en un dedo. Siempre me ha hecho gracia que el único daño visible de ese período de mi vida fuera eso cuando lo que yo viví ese año fue un jodido infierno.

Como mi padre trabajaba en el colegio hice lo posible y lo imposible para que nadie en mi casa supiese lo que me estaba pasando. La principal razón por la que lo oculté fue el miedo a represalias aún peores. Tampoco fue difícil, ya que mi padre trabajaba en primaria y mi hermana –en quien había podido confiar siempre mientras ella estaba en el colegio– ya se había ido al instituto por aquel entonces. Básicamente estaba solo.

Empecé a comer por pura ansiedad y acabé subiendo unos 10 kg en 7-8 meses y en mi casa simplemente asumieron que estaba siendo más glotón de lo habitual, lo cual, he de admitir, tampoco me parece extraño.

Poco a poco la situación se fue haciendo más visible para mi familia, cada vez había más “indicadores”. En mi casa no comprendían mi falta de ganas de ir a clase, cuando conociéndome sabían que aprender es algo que siempre me ha encantado y nunca había dado problemas de ese tipo. Mi estrés y mi tristeza empezaron a ser evidentes. Mis acosadores (porque no hay otra forma de llamarlos) empezaron a llevar las cosas un poco más allá y a molestarme también cuando estaba en casa con mi familia, poniéndonos palillos en el timbre de casa todos los días, por ejemplo. Sólo dejaron a mi familia tranquila cuando mi hermana fue capaz de identificarlos y enfrentarse a ellos. A partir de ese momento mi hermana empezó a sospechar que algo más grave estaba pasando.

Recuerdo un día en el que había subido, no recuerdo muy bien por qué, al colegio. No le dije nada al salir. Me eché a llorar, y del estrés empecé a sangrar por la nariz y no paré de sangrar hasta 20 minutos después, cuando llegamos a casa. Mi hermana ató cabos y dedujo que me estaba enfrentando a acoso escolar y accedió a no contárselo a mis padres después de que yo se lo pidiese.

Su promesa no sirvió de mucho porque poco tiempo después todo salió a la luz. En el camino del colegio a casa mis compañeros decidieron hacer un par de esas típicas pelotas de papel de periódico y celo y se dedicaron a darme con ellas durante todo el trayecto. Para mí ya era algo casi normal pero por muy mala (o muy buena) suerte nos encontramos a mi padre subiendo al colegio en dirección contraria.

Los días siguientes fueron un caos. La vergüenza de tener que explicarle a mi padre lo que había pasado y por qué no se lo había dicho antes a él y a mi madre, tener que volver a explicarles lo mismo a a los profesores cuando muchos de ellos habían hecho la vista gorda porque eran “cosas de críos”… De todo el grupo que me estuvo haciendo bullying, todos menos uno se llevaron únicamente una reprimenda. El cabecilla del grupo se llevó una expulsión a casa de tres días. Eso fue todo.

A partir de ese momento y hasta el final del curso tuve sesiones semanales con la psicóloga del colegio porque querían estar seguros de que no tuviese secuelas graves debidas a los episodios repetidos de bullying. Fue en esas sesiones donde por primera vez admití en voz alta a alguien que, además de las chicas, también me sentía atraído por los chicos.

Ese mismo verano pude decirle por primera vez a mi mejor amiga que era bisexual y a partir de ahí las cosas empezaron a ir a mejor.

testimonio-3-2Tampoco voy a decir que a partir de ahí mis problemas desaparecieron. Ni siquiera puedo decir que fuese la última vez que me hicieron bullying. Sin embargo, una vez fui capaz de reconocer mi sexualidad empecé a abrirme mucho más a la gente. Quizás saber que formaba parte de un colectivo, que había más gente como yo ahí fuera, me hizo las cosas un poco más fáciles. Aún así, hasta que llegué a la universidad fui la única persona de mis respectivas clases que se identificaba como LGTB+. También he de decir que, a partir de 4º de la ESO, me encontré con gente que no sólo me apoyaba sino que me defendía y me ayudaba a defenderme.

Creo que es importante reconocer que, si después de ese momento de mi vida no volví a pasarlo así de mal, fue también porque encontré gente que me quería y me apoyaba tal y como soy; tanto gente que forma parte del colectivo como no. En algunos casos esas personas siguen siendo amigos cercanos casi diez años después.

Hoy día las cosas han cambiado bastante. Algunas de las personas que me hicieron bullying han llegado a disculparse por lo que hicieron años después. Y sí, sé que suena a cliché, pero las cosas mejoran. Puedo decir que he podido vivir libremente mi sexualidad y que en un punto dado esas malas experiencias se han convertido en algo distante, nada más que un mal recuerdo del que puedo escribir para prevenir a la gente que hoy día está en el lugar que yo ocupé en su momento.

No os rindáis. No estáis solos.

Mario tiene 24 años, es bisexual visible y activista LGTB+ voluntario del Grupo de Jóvenes de SOMOS. Su testimonio, además de acercarnos al bullying homofóbico y transfóbico, nos visibiliza la invisibilización que sufren las mujeres y los hombres bisexuales en este 2016, año de la visibilidad bisexual en la diversidad. 

Vuelta al cole sin bullying es una campaña en la que los Grupos de Jóvenes y de Educación de SOMOS recuerdan que además de disponer de un servicio de información y asesoramiento a jóvenes LGTB+, la ONG interviene en los centros educativos con programas de formación, sensibilidad y visibilidad. Charlas e intervenciones dirigidas a jóvenes y adolescentes, al profesorado y a las familias. Además, SOMOS cuenta con el Grupo de jóvenes, un equipo humano formado por chavalas y chavales de entre 20 y 30 años donde la socialización, las campañas identitarias, la participación en sociedad y la incidencia política son fundamentales.  

Si tienes interés en conocer estos programas puedes hacer click aquí. Además, la ONG facilita el correo electrónico de contacto educacion.somos@felgtb.org y si quieres participar como en el Grupo Joven o dar información sobre el mismo a gente joven puedes dirigirte a somos.grupojovenes@gmail.com

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