Jutin Bieber, la gente notaba mi pluma

El pequeño Justin Bieber ha desatado una polémica y revuelo en EEUU que nos vuelve a mostrar la cara más hipócrita de esa “nación de naciones”. Capaz de convertir en un ídolo a un chaval que no tiene especial encanto ni talento mientras mantiene centros de tortura.

El joven Bieber ha mostrado ser como Frankestein, que no se comporta como esperaba su amo. Su reciente salida del armario ha acabado por desatar las furias de las familias biempensantes que no quieren un ídolo así para sus hijos pero que, tal vez, no les importaría que uno de sus hijos se hiciera de oro por su aspecto o desevoluntura en un escenario. Bieber ha sido objeto de un documental sociológico pero la figura no ofrece el suficiente interés más allá del desfase entre unas zonas y otras de EEUU en lo que se refiere a cuestiones de género, música, popularidad y sexualidad. Por supuesto tampoco por estos lares estamos para tirar cohetes. El poder performativo de salir del armario se suele saldar con no salir. Las leyes de Obama han dado un leve empujoncito a la comunidad LGTB estadounidense (o al menos a un sector de ella) las leyes del PP han vuelto a meter el miedo en el cuerpo a estudiantes y trabajadores, amas de casa y mujeres a punto de celebrar su día, sin saber si ya es realmente el suyo. Campañas contra la violencia de género sin cuestionar la idea misma de género muestran su escaso alcance, y aunque han tenido buenos efectos también han supuesto una parálisis es un victimismo que invita al paternalismo. Así la reciente violencia policial contra las personas LGTB no se considera violencia de género porque para el feminismo institucional no se puede ir tan deprisa. Imaginemos el poder performativo de la salida del armario de un futbolista del Madrid o el Barca con la frase: La gente notaba mi pluma. Eso es impensable en la España del 2014 mientras todavía se concibe dar mas poder a la policía del género, impedir el aborto libre y gratuito u homenajear a un general franquista.

El hecho que de que cientos de miles de estadounidenses hayan perdido la deportación de este joven que, además de exhibicionista, precoz, disruptivo y capaz de salir con prostitutas se ha declarado homosexual pone de relieve no solo el bajo nivel sociocultural de un modelo social sino como la gente ha convertido la mitología en ideología y como las hordas de la derecha religiosa siempre se dirigen al gran público, ese que, como no, conoce al incómodo Bieber. La polémica no ofrece mayor interés porque Bieber- al contrario que el controvertido Michael Jackson- carece de un talento sólido o por lo menos formado. No obstante, sorprende la manera en la que una sociedad que es capaz de vender armas a menores, ejecutarlos en la silla eléctrica o enviarlos a guerras sin fin se eche las manos a la cabeza porque uno de sus adolescentes más universales (en el sentido cuantitativo del término) se haya salido del tiesto repetidas veces. En su última entrevista, una salida del armario por otro lado nada original, Bieber ha dicho que todo el mundo notaba su pluma. Por ello se vio obligado a mantener una imagen de ligón sin remisión, ya que su público estaba mayoritariamente formado por adolescentes del sexo femenino. No es el caso de Wentworth Miller que ha plantado cara a la política criminal de Vladimir Puntin sino una “boutade” de una estrella me temo que fugaz que ha hecho saltar las alarmas de la doble moral imperante en amplios sectores del país. La sexualidad de los niños, adolescentes y jóvenes (y la heterosexualidad obligatoria de fondo) sigue siendo un arduo campo de batalla. Máxime para una sociedad sustentada en una repulsiva mezcla de puritanismo y exhibicionismo, culto al éxito, la novedad y los valores mas tradicionalistas.

La pluma molesta porque es una apropiación “indebida” de algunos códigos del llamado otro sexo. En realidad es mostrar la inestabilidad de los roles y parodiar el papel masculino asignado. Hay gays y heteros con pluma, lesbianas y trans sin pluma y viceversa. No me interesa Justin Bieber como cantante ni persona pero si como el tipo de icono mediático que una misma sociedad crea y destruye. De habernos pillado en la era Bush podría haber formado parte de una guerra “contra el terrorismo de género”, ya que las redes sociales, los videos de Youtube, las fiestas y los conciertos eran espacios que (ahora también museos y camisetas) ocupa Bieber sin ser especialmente guapo ni cantar especialmente bien aunque mostrando que conoce bien pronto los secretos de la fama. El ser un niño “prodigio” ha pasado en mayor o menor medida factura a personas como Drew Barrymore o Zac Efrón pero en este caso se trata de un ídolo sexual para una juventud a la vez moderna y anticuada, para una sociedad muy avanzada en algunos aspectos y absolutamente cavernícola y peligrosa en otros. 

fuente de la noticia

Anuncios