Un ingeniero aeroespacial denuncia que fue despedido por llevar falda

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Serge Scevenels ha demandado a la multinacional en la que trabajaba ya que, asegura, lo hizo porque se vestía como mujer

La empresa argumenta que culminó su periodo de prueba y no se le renovó el contrato

Serge sostiene que el director general le dijo que su aspecto no se correspondía con la imagen de la compañía

Al mirarlo uno ve a un hombre vestido de mujer. Pero él no se siente ni una cosa ni la otra. Se siente “Serge, una persona de género fluido”. Este ingeniero aerospacial de 39 años nacido en Lieja y criado en un pequeño pueblo en los alrededores de la ciudad belga tendrá que explicar esto ante un juez español en un par de semanas, en el juicio por la demanda que ha presentado a la multinacional en la que trabajaba. Los acusa de despedirlo por ir a trabajar en falda.

Serge se reconoce como transgénero, aunque no siempre lo tuvo tan claro. Cuando era adolescente no le interesaban los coches ni los deportes típicamente masculinos, y no entendía las diferencias en la forma de vestir entre chicos y chicas. “Hace 20 o 25 años, los estereotipos asociados a los géneros eran aún más fuertes que ahora, muy binarios”, explica.

Por aquel entonces, Serge se veía a sí mismo raro, enfermo, y reprimía sus sentimientos: “Antes se pensaba que una persona que tenía un cuerpo biológico de hombre pero que en la cabeza tenía un pensamiento que no era 100% masculino debía hacerse un tratamiento psicológico para identificarse como hombre o como mujer, y se la empujaba a empezar un tratamiento de hormonas y de cirugía. Yo no me identificaba con uno u otro. La gente de mi entorno me definía como una persona transexual, pero yo no me sentía así”.

Hasta que, en el año 2000, cuando acaba la carrera y se traslada a Italia a trabajar, aparece en su vida internet. “A través de la red, vi que en Estados Unidos y en otros sitios había muchas personas que reivindicaban que el género no era algo solamente interno, sino que era también una construcción sociocultural, así que era lógico que no fuera sólo algo binario, que fuera algo más variable”.

 

Y así, gracias a internet, Serge inicia un largo proceso de reconocimiento de su identidad que culmina unos cinco años después, cuando decide empezar a vestirse “no sólo de modo estereotipadamente masculino”, incluso para ir a trabajar a la Agencia Espacial Europea, en Frascati, cerca de Roma. “Empecé a tener confianza en mí mismo y a experimentar el modo de expresarme sin tener miedo de lo que pudieran pensar los demás”.

Una tercera identidad

Como explica Joana Cabrera Berger, vocal de la junta directiva y responsable de salud de Gamá –colectivo LGTB de Canarias–, la identidad transgénero es una tercera identidad de género con la que se han identificado muchas personas de distintas culturas a lo largo del tiempo bajo diferentes nombres, “como los two spirits entre los inuit, por ejemplo”. Dado que no hay registros en los que se indique esta identidad y estas personas tampoco quedan registradas sanitariamente, ya que no requieren tratamiento médico, es casi imposible determinar una cifra de personas transgénero en España.

Según Cabrera Berger, esta identidad de género aparece en la misma etapa que la de hombre y la de mujer, entre los 2 y los 5 años,”pero, como ocurre con las orientaciones sexuales no mayoritarias, se puede descubrir relativamente temprano o se puede no ser consciente de ella hasta mucho más tarde, dependiendo de la capacidad del entorno en el que uno se mueva para mostrar realidades alternativas a la normatividad hombres-mujeres y de la madurez de cada uno para entender el propio proceso vital y aceptarse tal como es”. Como le sucedió a Serge.

Para esta residente de Medicina Familiar y Comunitaria, el autodescubrimiento de las personas transgénero se va produciendo con el acceso a la información: “No sabes que eres transgénero porque nunca has oído hablar de esa posibilidad. Pero, al acercarnos al discurso transgénero, aquellas personas que lo somos sentimos un click. Algo cambia, porque por fin alguien nos nombra y le da forma a un sentimiento que hasta entonces pensábamos que sólo era una de nuestras muchas rarezas”.

Por eso, Gamá y los pocos grupos que trabajan la identidad transgénero se esfuerzan sobre todo en generar un entorno en el que las personas se sientan entre iguales y puedan compartir inquietudes y experiencias con libertad. Y así, argumenta Joana, “poco a poco, lograr organizarnos para poder estructurar en un futuro un discurso político sólido desde el que ir arañando derechos”.

Madrid, ciudad abierta

Serge pasó casi diez años en Italia y no tuvo ningún problema con su imagen. Al menos explícitamente: “No sufrí discriminación directa, pero tenía la impresión de que nunca iba a poder crecer profesionalmente allí por ser transgénero”. Una buena oportunidad profesional y la atracción que despertaba en él Madrid como una ciudad más abierta hacia el colectivo LGTB lo trajeron a España en 2009.

Trabajó tres años y medio en la misión SMOS, de la Agencia Espacial Europea, con un satélite de observación de la Tierra que mide la salinidad del mar y la humedad del suelo. Su contrato exigía movilidad geográfica y Serge no quería irse. Tenía pareja y se había comprado un piso en Madrid. Así que, antes de que terminara el proyecto, Serge buscó otro empleo.

Se reunió en Bélgica con cuatro altos cargos de la multinacional belga RHEA, que trabaja para la industria aerospacial en Europa, entre ellos, la directora de Operaciones, Nicola Mann, y les explicó su trayectoria y su condición. Le dijeron que no había ningún problema y, en enero de 2013, firmó un contrato por un periodo de prueba de seis meses como técnico de reclutamiento de profesionales altamente cualificados en este sector.

El contrato se realizó en español a través del grupo FES, con domicilio social en Madrid. Aunque su base de operaciones estaba en Bélgica y desde ahí podía moverse a varios países europeos, entre ellos España, Serge debía tributar aquí. Un detalle importante para la historia que viene después.

¿”Incompatibilidad con el director” o discriminación?

En febrero de 2013, la directora de Operaciones le sugirió a Serge que durante la visita del director general de la multinacional, Andre Sincennes, que vivía en Canadá, se vistiera “más formal”. Y Serge así lo hizo. El día en que el señor Sincennes apareció por las oficinas belgas, Serge iba de negro. Con falda. Nicola Mann le pidió que fuera a casa a ponerse unos pantalones porque el director, le explicó, tenía “otra mentalidad”. A Serge nunca le había sucedido algo parecido: “Lo sentí como un ataque a mi intimidad. No quería que me despidieran e hice lo que me decían, pero a cambio de poder entrevistarme con él”.

Con Nicola como testigo y sin mucha disposición al diálogo, Andre Sincennes se reunió con Serge y le explicó que no tenía ningún problema con la diversidad, que de hecho tenía amigos gais, pero que no podía ir a trabajar con falda porque su aspecto no se correspondía con la imagen de la empresa. Serge argumentó que otras empresas importantes habían mejorado su imagen precisamente gracias al apoyo que prestaban a los colectivos homosexuales o transexuales y que la ley española lo protegía, pero el director zanjó la conversación con un contundente: “No me importa. Estas son mis reglas”.

En mayo del mismo año, la jefa de Recursos Humanos y la directora de Operaciones le explicaron que su contrato se extinguía por no haber superado el periodo de prueba “por un problema de compatibilidad y comunicación con el director“.

Serge sabía el motivo real de su despido y decidió demandar a la empresa. “RHEA es parte de un grupo canadiense más grande que se llama ADGA, y el director general estaba contratado por el grupo canadiense para gestionar la multinacional RHEA en Europa, mientras que mi contrato con RHEA era español. Por eso he tenido que demandar a la empresa. Si hubiera podido ir a juicio sólo con esta persona, lo habría hecho. Con los otros empleados no he tenido ningún problema”.

Los periodos de prueba como excusa

La teoría está clara: una empresa puede tener su política propia, pero esta no puede ser nunca anticonstitucional o contraria a los derechos fundamentales, por ejemplo, de libertad de expresión. “Puede determinar un uniforme para los trabajadores, pero no puede meterse en cuestiones subjetivas que tienen que ver con una forma de ver la vida tradicional que se impone”, explica Ximo Cádiz, responsable de diversidad LGTB y ámbito laboral de la FELGTB.

El problema, aclara Cádiz, es que ningún empresario, y menos en época de crisis, va a justificar un despido por el aspecto; “dirá que el trabajador no ha superado el periodo de prueba o que hay que reajustar la plantilla”. Coincide con él el abogado de Serge, Armando Gil Benítez: “En derecho laboral vemos a menudo cómo estos periodos de prueba se utilizan para ocultar las razones reales de un despido, ya que en estos no se necesita ninguna causa para justificar la rescisión del contrato”. Por ello, el responsable de ámbito laboral de la FELGTB destaca lo complicado que resulta demostrar que detrás de ese argumento hay una discriminación.

Para Cádiz, aunque la sociedad española “ha madurado y se ha hecho mucho más flexible” en los últimos años, las leyes aún son insuficientes para dar respuesta a una sociedad diversa, en la que convive gente con diferentes opciones sexuales pero también con distintas religiones y culturas. “Por desgracia, nuestro marco jurídico no es capaz de asumir, y sobre todo de defender, esta diversidad”.

Las organizaciones piden leyes integrales contra la discriminación por identidad de género, como las que ya existen en Navarra y País Vasco y la que podría ser aprobada en cuatro o cinco meses tras su tramitación parlamentaria en Andalucía, que se convertiría así en la primera región de un Estado europeo en despatologizar la transexualidad, acatando las recomendaciones del Parlamento Europeo de diciembre de 2012, que instaban a los países miembros a modificar sus legislaciones en línea con la ley argentina, la primera en todo el mundo en hacerlo.

La inversión de la carga de la prueba

El principal instrumento legal con el que se cuenta en estos casos en la mayoría del territorio español, al igual que en los casos de violencia de género, es la inversión de la carga de la prueba, que España incorporó a su normativa en el último Gobierno de Aznar “deprisa y corriendo” un 30 de diciembre, justo antes de que el país fuera sancionado por no haber adaptado las dos directivas europeas del año 2000 que hablaban expresamente de la no discriminación en el ámbito laboral, expone Cádiz, “pero no hay un desarrollo correcto de ese dispositivo, como el que planteaba la Ley de Igualdad de Trato, que estuvo a punto de aprobarse en el último año de Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, en 2011”.

Como federación llevaron esta ley pendiente al ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, que en principio se mostró abierto a considerar la propuesta, “pero la verdad es que los pasos que está dando en otros ámbitos no son en absoluto esperanzadores”, reconoce Cádiz.

A este dispositivo de inversión de la carga de la prueba se aferra el abogado de Serge, y lo explica así: “Si tú aportas indicios de que la causa del despido es una vulneración de un derecho constitucional; por ejemplo, si yo demuestro que Serge va vestido de mujer y eso se considera un indicio de que aquí hay discriminación, entonces la carga de la prueba se invierte, y es la empresa la que tiene que demostrar que hay otras razones para justificar que no haya superado el periodo de prueba”.

El derecho de Serge a llevar falda

“Para el juez es un caso complicado”, reconoce Gil Benítez. Al principio, el juez quiso que el caso se llevara en Bélgica. Cuando el abogado demostró que el contrato era español y que Serge estaba dado de alta en la Seguridad Social en España, el juez tuvo que admitirlo.

Ahora el problema es conseguir la declaración desde Bélgica de Nicola Mann, fundamental para Serge, ya que fue testigo de la explícita conversación que mantuvo con el director de la compañía. Ella sabe mejor que nadie que Serge no tuvo nunca problemas por su forma de vestir con ningún compañero, ni en las oficinas que visitaba buscando talentos, hasta su encuentro con Andre Sincennes. El juez ha quedado en resolver este punto en la vista oral. El 30 de enero empieza el juicio.

En definitiva, según Ximo Cádiz, “el transgenerismo puede parecer algo estrafalario, pero no es más que una opción de vida que hace una construcción social del género diferente a la que hasta ahora se ha asumido como única. Que Serge acuda a su empleo con una vestimenta que no encaja con el género que se le asigna no deja de ser lo mismo que si alguien decide ir a trabajar con un corte de pelo determinado, con un pendiente…”. Tanto Cádiz como el abogado de Serge recuerdan que hace no tantos años resultaba sorprendente que una mujer usara pantalones, y hoy es algo absolutamente habitual. Y se preguntan: ¿por qué ese mismo derecho no puede tenerlo un hombre?

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